Sábado, 9 de Enero del 2021

Rebeldía ambivalente y discursos hegemónicos

El peligroso discurso de demonización de les jóvenes por una parte del Estado y los medios de comunicación tiene sus consecuencias prácticas en el espacio de la calle. No podemos ser indiferentes a esta imposición perversa que concibe y -aunque quizá no lo busque abiertamente- logra estigmatizar, excluir y legitimar la violencia real y simbólica sobre un sector de la población.

La ausencia de un abordaje cultural de la pandemia muestra ahora un penoso nuevo capítulo: el de "las juventudes rebeldes", cuál si esto fuera un problema por lo que se requiere una resolución pragmática. Es cierto, la tendencia no es exclusiva potestad de Argentina. 

La "rebeldía", como concepto, es ambivalente. Puede producirse con causa y sin ella; para ayudar y mejorar o para su opuesto.

La rebeldía egoísta que vemos cada vez más a diario no se circunscribe a grupos generacionales (o ¿a qué deberíamos llamar juventud sino?). 

Tiene su opuesto en la rebeldía de los ideales colectivos que, desde tiempos inmemoriales, tiene poca y mala prensa. La  constructiva es un valor que ataca a la hipocresía y la injusticia social, y en un acto profundamente político se enfrenta a lo que no funciona para mejorarlo. Ejemplos sobran en todos los momentos históricos, incluyendo el presente.

La rebeldía de los ideales es deber fundamental de ser abonada y practicada: "El modo más humano de la virtud juvenil es la generosa inadaptación a todo lo imperfecto de la vida" supo decir hace ya mucho tiempo el pensador español Gregorio Marañón. 

Buscar "lo imperfecto" en este momento histórico argentino, es clave. A mi modo de ver, la mayor imperfección del presente radica en la incapacidad de pensarnos como sociedad, reconstruir un nosotres consciente, responsable y afectivo.

La rebeldía estúpida, profundamente individualista y a-politica, se opone a esa construcción comunitaria de un "nosotros". Empujada por una sociedad cada vez más desigual y desintegrada socialmente se sigue, en muchos casos, leyendo la realidad en términos del "sálvese quien pueda" que se multiplica más rápido que el Covid.

Es, sin dudas, una lucha desigual contra las fuerzas del odio que, citando a José Natanson, en su artículo "Los Usos del odio", analiza que, dichas construcciones, "hoy no buscan generar una nueva comunidad... sino ampliar el margen para el ejercicio de la libertad individual sin interferencias: desde educar a mis hijos sin que el Estado me imponga una educación sexual integral (ESI) hasta salir a la calle y contagiarme de coronavirus si eso es lo que quiero, tal la noción extrema de libertad que guía estos reclamos (aun cuando la ESI apunte a generar las condiciones para una sociedad más democrática y cuando la cuarentena busque garantizar la capacidad de atención del sistema de salud)". 

"En contraste con el fascismo histórico -afirma Natanson- se trata de una propuesta profundamente anti-comunitaria, que conecta directamente con el individualismo exacerbado de las sociedades contemporáneas". 

La ausencia de dimensión cultural para abordar la pandemia desde los espacios de poder está mostrando la cara más grave de su subestimación. Hoy ni la política, ni la salud, ni la economía -los 3 grandes pilares del 2020- logran develar qué ocurre ni como detener las curvas de propagación de la enfermedad en Argentina. Aparece entonces en juego "el factor de los jóvenes". 

Medicas y médicos se paran frente a las cámaras de televisión y explican la necesidad de contar "con deportistas" para "comunicar mejor, para llegar a los jóvenes", la psicología habla de "pulsión de muerte" y los medios de "rebeldía e irresponsabilidad". Ante este diagnóstico profundamente equivocado la solución política no puede ser todavía mas errada: un "toque sanitario". Una medida desdibujada de la realidad, sostenida por una palabra que recuerda lo peor de la vida pública argentina y que, posiblemente, no encuentre en su implementación más que una abierta oposición.

Por estos días nos enfrentamos a nuevos retos subterráneos derivados de la construcción de sentido a través de las palabras. 

Los discursos no son inocentes.

La alabanza a la meritocracia que tanto daño hizo en los últimos años de macrismo, es solo un ejemplo. Lo que hoy parece un acto inocente, un lugar donde descargar el enojo social de no haber sabido encontrar el fondo de la cuestión, toma un camino peligroso.

La palabra que circula sin oposición a la vista y configura la agenda política y pública por la enorme potestad unidimensional de los conglomerados mediáticos de Argentina, y un Estado que carece de dimensión cultural para pensar y explicar los fenómenos sociales que se vienen produciendo, nos ponen a todas y todos en un peligro inminente.

Será potestad de todes, -apropiándonos de las palabras y haciendo uso de sus efectos-, abonar, visibilizar y promover la rebeldía crítica como concepto emancipatorio. 

Y al mismo tiempo incluir -por sí hiciese falta- a les jóvenes y a toda la sociedad en la reconstrucción de ese nosotres consciente, responsable y afectivo. Al que no se llega con represión y persecución.

El riesgo de cargar moralmente contra dicho grupo, es un peligro con repercusiones indescifrables.